El aroma de los libros… Hoy, cuando entré en mi despacho, encontré que el ambiente olía a flores y almendras, como si allí hubiese estado toda la noche una persona que perfumada de vainilla y mil flores dejó su rastro. Pero también se dibujó en mi mente la fascinación envolvente de la lectura, y es que, no sé si sabíais que los libros despiden un aroma particular. Seguro que si eres amante de ellos te gusta el olor a imprenta que desprenden cuando recién los hojeas. No obstante, son los libros con solera, los más antiguos, los que liberan moléculas aromáticas como el benzaldehído que su esencia se asemeja a las almendras y la vainillina que huele a vainilla. El etilbenceno y el touleno, que le dan un toque dulce, o el 2-etil hexanol de aroma ligeramente floral. Si las páginas de un libro son de algodón o de lino, el aroma surge del furfural que también huele a almendras dulces. Es a habitual ver en librerías antiguas libros cuyas hojas están amarillentas, esto es debido al paso d...
Hablando de tatuajes…
En una zona rural, prácticamente en el corazón de Túnez, me encontré con una mujer que me llamó mucho la atención, la verdad es que me impactó, y he de decir que ella también se fijó mucho en mí.
Lo cierto es que tuvimos una conexión un tanto especial a golpe de vista, como si nos conociéramos de mucho tiempo atrás. Ella era una mujer bereber de avanzada edad, ataviada con las ropas típicas de su zona y que tenía unos tatuajes muy curiosos y extraños en su barbilla, en las mejillas y en la frente, también se dibujaban en sus manos formas geométricas que jamás había visto . Iba acompañada por su hija y por su nieta, que se acercaron a nosotros con una sonrisa, quizá les había llamado la atención mi abanico de colores y cómo lo manejaba, ya que era una noche muy calurosa y yo me hacía servir del aire que movía el mismo, para sofocar el intenso fuego que subía desde la tierra. Pero lo cierto es que pude mantener una conversación con su nieta que tenía toda la apariencia de una muchacha de capital, nada que ver con su abuela, ella me dijo que cursaba estudios de medicina en la capital, en Túnez, y que habían ido a visitar a sus parientes.
Entonces yo le pregunté por el significado de los tatuajes que llevaba su abuela. Me dijo que eran tatuajes de protección y de compromiso.
—¿Compromiso? —le pregunté, no entendía lo de compromiso.
—Sí, —me dijo. Compromiso, cuando una mujer bereber va a casarse se tatúa la cara para confirmar que está comprometida.
—Y ¿el símbolo de la frente? —le insistí.
—Mi abuela lleva una cruz bereber, es un recordatorio del culto al Sol.
Más tarde indagando sobre esta cruz bereber, pude comprobar que los padres regalaban a sus hijos e hijas una —Cruz del Sur— también llamada así, cuando llegaban a la mayoría de edad diciéndoles: —«Hijo, te doy las cuatro direcciones, las cuatro esquinas de la tierra, porque nadie sabe dónde vas a vivir, ni dónde vas a morir»— por ser un pueblo nómada. La cruz bereber es un poderoso talismán con efectos protectores al incorporar el efecto profiláctico del número cinco (las cuatro direcciones y el elemento central que apunta al firmamento).
Lalla, estuvo hablándome de que cada mujer escogía sus símbolos, símbolos espirituales del poder femenino que les otorgaba fortaleza para aguantar los vientos cálidos del desierto, fortaleza para aguantar el dolor en los futuros partos, y también para ahuyentar a los malos espíritus del desierto. Todos esos tatuajes eran y son, un vestigio matriarcal, ellas, las mujeres Amazing de los pueblos pre-islámicos que habitan el Magreb o el Sahel, eran las que tomaban las decisiones importantes, las que conocían a los animales y a las plantas que crecen en el hábitat más hostil, las que preparaban los ungüentos sanadores, las que curaban las picaduras de escorpiones…
Por ejemplo, hablando de simbolismo, la rana para ellas traía cosas buenas y protegía de los malos espíritus.
El pez era el símbolo para gozar de buena salud y lo podemos ver en las casas trogloditas de Matmata tanto la mano de Fátima como dicho símbolo.
Foto de Luhema en Matmata
He de decir que era ya de noche, estábamos tomando la fresca en una calle en la que habían varios cafetines y Kahina, nombre que significa , «adivina», no dejó de acariciarme la mano y de mirarme con sus profundos ojos, que lejos de infundirme terror por su intensidad en la mirada, me dieron mucha calma. Esa noche pasó algo, lo sé.
Yo terminé regalándole mi abanico, que supongo que lo conservará...
Recuerdos de Túnez.
©Luhema


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