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UN CLAVO PARA UN IMPERIO



UN CLAVO PARA UN IMPERIO



Hoy voy a hablaros de una curiosa reliquia que se guarda en la catedral de Monza en Italia, ciudad donde se cree vivió María, la madre de Jesús, en su paso hasta Grecia. Se trata de una corona. ¿Pero qué tiene de particular?

Pues bien, fue con la que se coronaron Carlomagno y los reyes de Italia durante siglos. Pero todavía guarda otra peculiaridad que la hace más interesante.

Está formada por seis placas de una aleación que es 84 por ciento oro y el resto plata, unidas por bisagras (salvo una que parece haberse perdido). Cada placa tiene dos secciones, la primera más grande y con una piedra preciosa en el centro rodeada por cuatro rosetas de oro de siete pétalos, además de esmaltes de color con motivos florales en las esquinas. La segunda sección de cada placa es estrecha y contiene tres gemas (salvo una de las placas que solo tiene una gema y dos rosetas de oro).

La corona tiene forma circular irregular con un diámetro interior de solo 15 centímetros y una circunferencia de 48 centímetros. En total lleva 26 rosetas de oro, siete zafiros, siete granates y cuatro amatistas. El resto de elementos son simple vidrio coloreado. Las placas tienen 53 milímetros de altura y están fijadas con una lámina interior de plata de un centímetro de altura y un milímetro de grosor.

Estos son sus datos técnicos, pero este objeto, lo que tiene de especial es que según dice la leyenda, la llamada «Corona Imperial o Corona de Hierro» es una reliquia sagrada que denota poder. 
En el año 324 d.C. Elena, la madre del emperador Constantino, que estaba dotada con la facultad de tener visiones oníricas, hizo excavar el Gólgota y encontró la cruz en la que todavía estaban los clavos. Dejó la cruz en Jerusalén, pero se llevó los clavos a Roma. Con uno de ellos hizo crear un bocado de caballo y usó el otro en el yelmo de su hijo, con lo cual, tanto el emperador como su caballo estarían protegidos en la batalla.
Según la leyenda, la corona, está hecha con uno de los clavos con los que los romanos crucificaron a Jesucristo. Pero el mito añade más misterios a esa reliquia, igual que con los años le fueron añadiendo oro y piedras preciosas.

Durante la Edad Media se identificó el clavo de la leyenda con la mencionada lámina interior de la corona, creencia que perduró hasta los recientes análisis que confirmaron la equivocación. No obstante, la corona sí que podría haber formado parte del yelmo del emperador. Es lo que asegura la historiadora Valeriana Maspero, una de las principales estudiosas de la pieza. Se dice que el aro poseía facultades divinas como el de poner en contacto al poseedor por derecho con Dios. También daba claridad y juicio al pensamiento a su portador, sin olvidarnos de que quien la ciñera en sus sienes sería un protegido de los cielos. La fuerza de la fe cristiana y la capacidad conquistadora de la política europea serían el tesoro de su dueño.
Medallón de Constantino con la diadema | foto Dietrich. Klose en Wikimedia Commons 


El primero en utilizarla fue Constantino, emperador romano de Bizancio. Después de él, ya enriquecida con joyas, la portaron algunos emperadores de Alemania y de Austria, como Barbarroja o Maximiliano. Pero también persiguieron ser coronados con ella Carlomagno, Carlos V y Napoleón I. Todos ellos con tres cosas en común: Haber logrado construir un imperio, intentar unir la religión con el poder político y querer obtener la protección divina. Y en algunos casos como el de Napoleón, tal vez también hubo un intento de encontrar algo más "un contacto directo con el centro original de la creación".

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