El aroma de los libros… Hoy, cuando entré en mi despacho, encontré que el ambiente olía a flores y almendras, como si allí hubiese estado toda la noche una persona que perfumada de vainilla y mil flores dejó su rastro. Pero también se dibujó en mi mente la fascinación envolvente de la lectura, y es que, no sé si sabíais que los libros despiden un aroma particular. Seguro que si eres amante de ellos te gusta el olor a imprenta que desprenden cuando recién los hojeas. No obstante, son los libros con solera, los más antiguos, los que liberan moléculas aromáticas como el benzaldehído que su esencia se asemeja a las almendras y la vainillina que huele a vainilla. El etilbenceno y el touleno, que le dan un toque dulce, o el 2-etil hexanol de aroma ligeramente floral. Si las páginas de un libro son de algodón o de lino, el aroma surge del furfural que también huele a almendras dulces. Es a habitual ver en librerías antiguas libros cuyas hojas están amarillentas, esto es debido al paso d...
Escribo cuando el mundo se me vuelve demasiado estrecho y necesito abrir una ventana que no se vea, una rendija por donde escape lo que pienso y lo que siento sin pedir permiso. Durante años creí que escribir era un acto solitario, una conversación íntima entre mi cuaderno y yo, una costumbre casi silenciosa que no trascendía las paredes de mi escritorio. Con el tiempo comprendí que cada palabra que dejo caer sobre el papel es un hilo tendido hacia alguien que todavía no conozco.
Cuando escribo, no imagino multitudes ni escenarios grandiosos. Imagino a una persona cualquiera, en otra ciudad, en otro país, tal vez en otro momento de su vida, leyendo mis frases en un instante preciso en el que necesita sentirse comprendida. Yo no sé su nombre, no conozco su historia, ignoro sus miedos. Aun así, algo nos une. Mis dudas pueden parecerse a las suyas, mis pérdidas pueden rozar sus heridas, mis esperanzas pueden iluminar sus propios anhelos. En ese cruce silencioso nace el puente.
No es un puente de piedra ni de hierro. Es una estructura invisible, hecha de vulnerabilidad y de honestidad. Cada vez que me atrevo a escribir lo que de verdad pienso, estoy colocando una tabla más en ese puente. Cada vez que nombro una emoción sin disfrazarla, refuerzo su estructura. Cada vez que comparto una experiencia que me marcó, estoy diciendo sin saberlo: “No estás sola”.
Escribo porque necesito comprenderme, porque ordenar palabras me ayuda a ordenar el caos. Escribo porque deseo que alguien, en algún lugar, encuentre en mis textos un reflejo que le devuelva calma. Escribo porque sé que, aunque no vea los rostros al otro lado, hay corazones dispuestos a cruzar. Y en ese tránsito silencioso, entre desconocidos que jamás se han mirado a los ojos, descubro que la escritura no me aísla, me conecta.
Begoña Beneito

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